Lo que vimos
Cualquiera que pase tiempo cerca de hoteles o aeropuertos acaba notando una escena silenciosa que se repite: la maleta de alguien, la cartera de alguien, el pasaporte de alguien en un rincón detrás del mostrador, esperando durante días, semanas, a veces meses.
Durante mucho tiempo, pasé junto a estas cosas sin pensar demasiado en ellas. Pero con el tiempo, esos objetos empezaron a verse diferentes para mí.
Algunos de los bolsos eran claramente caros — objetos sobre los que alguien había dudado mucho tiempo antes de comprarlos finalmente, cosas que había cuidado con esmero. Algunas de las carteras contenían tarjetas de crédito junto a una pequeña fotografía de un niño. Algunos de los portátiles probablemente guardaban la totalidad del trabajo y la vida personal de alguien.
Pero lo que más me pesaba eran los objetos cuyo valor no podía medirse en dinero. Diarios antiguos. Pequeñas cajas con cartas escritas a mano. Cámaras llenas de fotos de un viaje entero. Relojes de pulsera que parecían haber sido heredados de un padre o un abuelo. Cosas que no podían reemplazarse. Cosas que guardaban un tiempo que no podía rehacerse.
Cada vez que notaba esos objetos aún en el mismo sitio semanas o meses después, algo dentro de mí se sentía pesado. Alguien, en algún lugar, probablemente todavía buscaba esa cosa. O ya se había rendido y aprendía a vivir con el vacío donde antes estaba.
Ahí empezó la pregunta. ¿Por qué estos objetos no vuelven a sus dueños? Las instalaciones claramente los almacenan bien — entonces, ¿qué falta?
